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jueves, 24 de julio de 2008

PUERTO DE LA CRUZ: HISTORIA, TRADICIONES Y COSTUMBRES

Artículo recibido de: Melecio Hernández Pérez

De los transportes a los juegos tradicionales


A principios del siglo XX, los medios de transportes de mercancía y viajeros más en uso en el Valle de La Orotava fueron los de tracción animal: carruajes, carros y carretas. Indudablemente, el caballo, mula y burro como piezas fundamentales para el acarreo y traslado humano, sin olvidar la presencia del dromedario en las labores agrícolas. Por esas fechas el automóvil empezaba a introducirse en Tenerife, mientras que en los años 1918-1919 llegaban los primeros camiones, en su mayoría de segunda mano e importados de Francia, Alemania e Inglaterra, como residuos de la Primera Guerra Mundial, al menos así ocurrió en el Puerto de la Cruz. Este importante sistema de locomoción mecánica, a medida que evolucionaba y mejoraban las carreteras de la isla, iban desapareciendo de nuestras aguas los barcos interinsulares que llegaban semanalmente a cargar plátanos y tomates y dejar alguna mercancía no perecedera como paja, madera, guanos, cereales, etc. Pero en tiempos de crisis, al no poder realizarse el transporte por tierra por carecer de combustible y repuestos, se recurría, ocasionalmente, al cabotaje, con que se reactivó el trajín portuario con el tráfico de barcos cargados de fruta para su posterior trasbordo a los buques de altura en Santa Cruz. Sin embargo, serían los llamados veleros de cal venidos de Fuerteventura, los últimos mástiles en desplegar sus velas al viento al socaire de nuestros embarcaderos.
De la posguerra, conservo un nítido recuerdo de los pesados camiones de llantas macizas, que a su paso estruendoso estremecían carretera y casas. Entonces proliferó el carrito para arrastrar bultos pesados, además de ser utilizado como juguete por los chicos; pues se componía de una tosca plataforma de madera de la que sobresalía un palo que descansaba sobre el otro transversal, que era el eje delantero soportado por rodillos de acero. Y para su control, dos trozos de soga amarrados a cada lado del eje, sin más frenos que sendos pedazos de goma. También campeaba el carro de mayor proporción con carrocería empujado por la fuerza motriz humana que sirvió para transportar huacales desde empaquetado a muelle, a cambio de unos pocos reales. Estaba también el carrito tirado por burro para hacer encargos, dos de los cuales aún se recuerdan, como don Segundo de La Dehesa y don Juan “El Sarguito”. Este último mereció ser objeto de coplas jocosas que estuvieron en boga durante algún tiempo, y cuyas letras conservo, pero que dejaré para otra ocasión.
El turismo se desarrollaba al unísono con el monocultivo del plátano, como una alternativa esperanzadora a la crisis económica surgida en el último tercio del XIX. Los extranjeros, en su mayoría, procedentes de Inglaterra, viajaban en los vapores fruteros o recalaban por Santa Cruz en cruceros de placer, amén de los viajeros que en barcos de pasaje regulares a Centro y Suramérica, así como África, hacían escala. El turista se trasladaba al Norte de la Isla para contemplar el valle idílico de La Orotava y hacía un alto en el Jardín Botánico, siendo así que la caravana de taxis semejaba una serpiente que partía desde Bananera y superaba el frontal de la institución botánica. Era la oportunidad para los chicos pedigüeños de importunar con la cantinela de peni, peni, peni. Esta práctica también fue habitual en las calles del Puerto; pero la manera más atrayente para captar la atención la ejercían los “margullidores”, que se sumergían espectacularmente, como reclamo. Así, con esta y otras argucias los ingleses tiraban monedas que hábilmente atrapaban antes de perderse en el fondo marino.
Es momento ahora de recordar, someramente, los deportes y juegos tradicionales de nuestra infancia y adolescencia, cuando coleccionábamos estampas de cine y criábamos bichos de seda.
Independientemente del fútbol, natación y otros marítimos, no hay que obviar la lucha canaria, el deporte autóctono por antonomasia. De gran arraigo es la “pelea de gallos”, cruel tradición que data de 1700 y se popularizó en Canarias en el XIX. En el Puerto tenía lugar en conmemoraciones religiosas, festivas, culturales y políticas e incluso en funciones de teatro, conciertos y carreras de caballos. Antaño se celebraban en el patio del convento de las monjas catalinas, incendiado en 1925; en el Termal Palace, Teatro-Cine Topham y otros recintos que congregaba a numerosos aficionados empeñados en apuestas y el fomento de la feroz y salvaje lucha gallística.
En cuanto a los juegos que practicábamos eran muchos y diversos. Cada uno tenía su época, a excepción del fútbol y los coches de verga. Se decía tiempo de los boliches, de los trompos, cometas, etc. Entonces disponíamos de más espacios y tiempo para jugar en la calle que, por lo general, era el patio de cada uno y de todos. En la era actual de la electrónica, los chicos apenas practican o conocen los juegos de las pasadas generaciones; aunque es bien cierto que los núcleos urbanos adolecen de lugares idóneos.
El fútbol era el favorito y más atrayente, porque si había chicos suficientes lo primero era “ jugar a la pelota”.Entonces había que allanar el solar, con sus porterías señaladas por dos piedras, aunque otras veces se jugaba en plena carretera, sin temor a la circulación rodada, tan escaso era el tráfico entonces. La pelota se hacía de badana y “farulla”. Las fincas de plataneras nos proporcionaban la materia prima. Su laboriosa confección requería práctica para acabarlas esféricas, bien cosidas y que rebotaran. Después se formaba el “tim”, y unos pocos calzados y otros descalzos, la equidad arbitral era importante para no terminar como el “rosario de la aurora”, se iniciaba el partido, cuya duración se cifraba por el número de goles que solía ser doce o más, aunque dependiendo de la insistencia de la llamada de nuestras madres para estudiar o hacer un mandado.
El juego del boliche era entretenido y conflictivo. Había modalidades como el “piche y palmo” o “ gongo”, entre otras, todo ello sometido a reglas tradicionales. El trompo requería picaresca por cuanto antes de entrar en juego ya se disponía el arreglo de la púa. Según la habilidad de cada cual el trompo podía resultar pajita o carraca. No olvidemos el llamado “arcusa” . Se jugaba a la “caldera”, “las dos calderas” , y los más competentes efectuaban filigranas de difícil ejecución. La piola, juego colectivo de fuerza y habilidad. La modalidad más practicada era la de “piola corrida”. Muchas vivencias nos traen voces como “calcetín”, “ media”, “ plancha”, etc., que eran dogmas del juego. Montalachica, donde el peso y la agilidad de los participantes eran determinantes. Parece que aún puedo percibir el grito de ¡montalachica! y la consabida pregunta de “ ¿arriba o abajo?”. El “Guirgo” tenía el “quedado”, con la cara pegada a la pared al tiempo que contaba hasta un determinado número en voz alta, para salir en busca de los demás al grito de “ ¡ El que no se ha escondido, tiempo ha tenido! La cometa era y es un artefacto volador que se confeccionaba con caña, papel, pegamento e hilo, a veces dotado de hojilla de afeitar con la peor de las intenciones. También a través del hilo, impulsado por el viento, se desplazaban papelitos que dábamos en llamar telegramas. En fin muchos más como el de la soga, el tejo y largo etcétera.
¿Se acuerdan de aquella canción “que pase misín, que pase misán”, o la de “ Antón, Antón Perulero” , la de la “ gallinita ciega” ...?
Así que muchos fueron los juegos de nuestros primeros años que no incluyo en su totalidad por ser bien conocidos y para no excederme, y que son todos aquellos que se venían practicando generación tras generación, hasta que en la nueva era los niños y niñas se sienten adultos antes de tiempo y actúan como tal, olvidando que la infancia y la adolescencia es para vivirla y disfrutarla con los viejos y nuevos juegos.
En el próximo se escribirá sobre las modas, creencias populares y otras costumbres y tradiciones cosidas a la historia del Puerto de la Cruz.

viernes, 18 de julio de 2008

PUERTO DE LA CRUZ: HISTORIA, TRADICIONES Y

Artículo recibido de: Melecio Hernández Pérez

El Puerto de la Cruz, de tradición agrícola, pesquera, portuaria, comercial y turística, es un pueblo amante de sus costumbres; pero, con el rodar de los siglos, ha dejado en el tiempo buena parte de ese acervo patrimonial, que, en la actualidad está en proceso de recuperación, como se viene manifestando con renovada ilusión en el calendario festivo de la ciudad; pues aquí, más que en ninguna otra población de Canarias, se dejó sentir la influencia extrajera con su aporte cultural y costumbrista; de ahí, el talante cosmopolita, alegre y liberal del Puerto y su gente; no en vano en las centurias XVIII y XIX sus costumbres y etiqueta de la buena sociedad europea fueron un referente, por lo que se comprende la importancia del legado consuetudinario.

Por tanto, pretendo recrear en una serie de artículos todo ese conjunto de valores históricos y tradicionales, que, no obstante, por lo heterogéneo del tema me obliga a excluir algunos aspectos no menos interesante y curiosos en aras de una concisión expositiva.

Primero fue la caña de azúcar, seguida del vino, la cochinilla y el plátano desde finales del XIX paralelo con el incipiente turismo; sin obviar la activa participación de su mar, su puerto y la pesca tan ligados a la vida laboral simbolizada en el oficio de pescador como costumbre heredada de sus antepasados, pues los marinos siguen rindiendo la jornada pesquera, y hasta fechas no muy lejanas masticaban tabaco y tomaban aguardiente en la taberna de Margarita. Muchos recordarán la desaparecida pescadería del muelle con sus chicharros, caballas, sardinas, salemas, viejas, cabrillas..., y es que otrora el fruto del mar era más copioso. Las pescadoras partían a los pueblos del Valle pregonando la fresca mercancía con la cesta a la cabeza, y, utilizaban el trueque, pescado por productos de la tierra ( hortalizas, frutas, etc.). Portaban una rudimentaria pesa romana y su contabilidad era a base de signos y marcas. Al entrar a los pueblos se cambiaban los zapatos que llevaban en la cesta por las alpargatas polvorientas de los caminos, las cuales se volvían a calzar al iniciar el retorno al Puerto.

Esos populares hombres y mujeres con piel de sal y yodo, con nombres y apodos, más de lo segundo que de lo primero, viven en la memoria colectiva de las páginas de nuestra intrahistoria.
Y ya que hablamos de los trabajadores de la mar ¿ qué de aquellos bajíos que en las noches de bajamar ofrecían el luminoso espectáculo de la mágica danza de las antorchas? Eran marineros que extraían de las oquedades pulpos, como Ramonillo, conocedor de playas y de charcos ricos en especies marinas, donde utilizando medios primitivos cogían lapas, almejas, cangrejos y burgados.

También las campesinas bajaban con la cesta a la cabeza a vender los frutos del monte entre helechos refrescantes, mientras los hombres conducían las bestias de carga desde las medianías. Los astutos cochineros de Icod el Alto estiraban los lechones al ofrecerlos y del mismo barrio eran las paveras que por Navidad tenían en los hoteles a sus mejores clientes. De Benijos o de Las Llanadas bajaban los mulos cargados con sacos de carbón y leña . Hubo época para los vendedores de telas que voceaban por las calles “ al palito de la raza”, y otros, gitanos ellos, que con engañosa palabrería conseguían ventas fraudulentas.

Bajaban los cabreros cada mañana de los barrios de San Antonio y San Amaro con sus rebaños y perros amaestrados recorriendo las calles del Puerto para atender la clientela de leche tibia y de reciente ordeño que, ingerida con gofio, era el más suculento de los desayunos, sin que esta competencia afectara al lechero que fue pieza fundamental para la ganadería, pues vendía de puerta en puerta la leche que adquiría a pie de gañanía. Las lecheras con la cesta a la cabeza portando cantinas y cuartillos para la medida, llegaron sucesivamente a pie, en jardineras y con medios propios de locomoción, como mulas y carros de tracción animal. Su figura ponía en el paisaje urbano un toque bucólico y espléndido.

El comercio dependía del mar, de la tierra y de la industria del turismo.

Con la Guerra Civil, las operaciones internacionales forzadas por la falta de divisas extranjeras, la devaluación de la peseta y el bloqueo, crearon una situación crítica que propició el estraperlo y el cambullón. Arribaron al puerto capitalino barcos con comestibles y otros productos que en el mercado negro multiplicaban su valor y servían para complementar el racionamiento de artículos de primera necesidad que continuó hasta mucho después de la guerra europea. De este modo, los más infelices y los más pudientes, iban sorteando las miserias y la hambruna de las guerras.

La venta de barrio tradicional poseía la magia de proporcionar lo indispensable. Jugó un papel primordial en la vida socioeconómica de entonces porque tenía la facultad del abastecimientos y del crédito regulador de la economía doméstica. La compra que era casi siempre al fiado, se contabilizaba en sendas libretas por “ partida doble”.

Una interesante parcela comercial corresponde a las bodegas y casas de comidas, tascas y “ guachinches” como los típicos merenderos de la playa de Martiánez regentado por Felipe y Jesús, o de Isidoro Torres, hermano de Ramonillo “ el pulpiador”, donde si no se consumía vino no había pulpos; y muchos más que el tiempo los ubicó en una época que contrasta con la proliferación actual de Acentejo y la venta de vinos de “ cosecha propia”, si bien alguno como “Casablanca” mantiene viva la tradición en el Puerto.

Para la gente menuda el carrito de las chucherías de la Plaza del Charco fue la panacea, junto con la “Cartagena” de don Ginés y sus helados de cucurucho.

Del negocio frutero me interesó la parte industrial, manufacturera; aquella ordenada labor realizada en los empaquetados por hombres y mujeres que liaban con destreza la fruta canaria que desde inicios del siglo pasado ocupó un destacado lugar en el mercado internacional, siendo desde el Puerto de la Cruz, allá por l880, de donde partió una de las primeras exportaciones de plátanos de Tenerife a Inglaterra por don Pedro Reid.

Observaba el proceso de embalaje en medio de un ambiente de extraño aroma a papel, madera, paja y fruta. Hoy, el empaquetado es más sofisticado; ha introducido los avances más modernos, lo que ha originado profundas transformaciones.

Era profesión de artesanos, como la de aquellos oficios de antaño que se han diluido abocados por el progreso: Neveros, carpinteros de ribera, albarderos, toneleros, carreteros y muleros, molineros, mecánicos y torneros que recomponían las piezas inservibles; zapateros, que confeccionaban los mejores zapatos a la medida de la Isla y que descansaban los lunes en honor a San Crispín; gangocheras, canastilleras, latoneros, escoberos, herreros, pescadoras, bordadoras, caladoras, lecheras y un largo etcétera.

Continuaremos en una próxima evocando la historia, tradiciones y costumbres del Puerto de la Cruz.

martes, 8 de julio de 2008

LA VIRGEN DEL CARMEN, LA MÁS FIRME DEVOCIÓN DE LA FAMILIA MARINERA

Artículo recibido de: Melecio Hernández Pérez

“Reina de la mar,
la de la faz marinera,
la del mantón de coral
y escapulario de estrellas”.

(Fragmento de “Loa a la Virgen, de Nene Barreto)


Previo a la Conquista, y después de la integración de Canarias a la Corona de Castilla en el siglo XV, los invasores para conseguir la conversión de los aborígenes a la fe católica, trajeron imágenes de la Madre de Dios con el Niño Jesús en brazos, que prendió pronto en la cultura del pueblo indígena que tenía su propia religión y adoraba, como señala Abreu Galindo, a un ser supremo del cielo, amén de los astros; por lo que al presentar los castellanos en la isla de Tenerife la divinidad en la figura de Nuestra Señora la Virgen María, “aparecida” en las postrimería del siglo XIV en la playa de Chimisay, al aprisco de una cueva del Barranco de Chinguaro, de Güimar, vieron los guanches idealizado el concepto espiritual y ritual de sus creencias, que primero prendió en los menceyatos denominados “bandos de paces” con la evangelización no exentas de esculturas reverenciadas bajo distintas advocaciones; de ahí que Fray Alonso de Espinosa señale que: “…una de las excelencias en que excede esta isla a las otras (…), es haber aparecido en ella tantas imágenes y haber tantas y tan devotas reliquias, que tantos milagros obren, que no es pequeña merced que Dios ha hecho a esta isla (…)”.

Al pie del Valle de La Orotava, y frente al litoral marino del breve perímetro del Puerto de la Cruz, se hallan Los Riscos de Martiánez, donde Cuscoy asegura se encontraba el punto de mayor concentración humana. Con Fernández de Lugo llegó el primer símbolo de la cristiandad, la Cruz, que debió alcanzar a los trogloditas de esta zona-si es que antes no fueron exterminados o vendidos como esclavos; salvo que como “alzados” se resistieran a la asimilación castellana-; porque la devoción mariana no llegaría a estos lares de Taoro sino a lo largo del siglo XVII, ya que los escasos vecinos de La Caleta de Araotava, por no existir ningún recinto sagrado en su territorio, acudían a cumplir con la Iglesia a la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción de La Orotava, y, posteriormente, a la ermita de 1591 de Nuestra Señora de la Paz-entonces de jurisdicción de la Villa y asistida por los frailes dominicos del convento de San Benito Abad-donde se venera esta efigie que es la escultura de María más antigua del Puerto. Hipotéticamente, aquel núcleo poblacional de Martiánez debió tener conocimiento de la Señora; pues para D.J.Wölfed “los grupos humanos prehistóricos no se extinguieron, sino que sobrevivieron en la población actual, después de un inicial y rápido proceso de cristianización y aculturación”.

Sea como fuere, los marinos y mareantes del Puerto, desde la llegada de la nueva Virgen del Carmelo a mediados del siglo XX reactivaron al máximo su secular manifestación de fervor marinero y preferencial. Con algarabía de cantos, piropos y continuo balanceo procesional exteriorizan sus sentimientos más hondos. Porque esa jarana, que inspira su Madre, es plegaria que brota espontánea de sus pechos y voz perenne de un lugar donde permanecen los más firmen e inamovibles cimientos de la marinería del norte de Tenerife.

En el devenir histórico, independientemente del antiguo patronazgo de San Telmo, el gremio marinero del Puerto de la Cruz ha vivido desde siempre otras devociones marineras que recibieron culto en ermitas, conventos e iglesias de su territorio; si bien fuera de su corsé geográfico, pues desde 1750 la gente de La Ranilla obtuvo el privilegio de portar a hombros, en la tradicional Procesión de los Marinos, de la Octava, la imagen de la Virgen del Carmen de Los Realejos, que, resistiera a rendirle tributo durante casi dos silos a la imagen existente en el templo de su localidad. No obstante, los marineros y pescadores de la población seguían invocando a San Telmo, además de la Virgen del Rosario y Nuestra Señora del Buen Viaje. Por ello no es de extrañar que en la tercera década del siglo XX el Rvdo. Padre Antolín Fernández Martínez de Azagra, de la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, instara a los portuenses a rendir culto a la imagen del Carmen de la parroquia de La Peña de Francia, para lo cual, el “padrito”, es tradición les dijo: “Nada de desplazamientos hacia otros pueblos alejados de los azares del mar. Existiendo entre nosotros la imagen de vuestras fervorosas devociones, a Ella tenemos todos que acudir a rogarle que nos conceda su gracia”.

Y según mis apuntes, que difieren de los que otros autores llevan publicados, la primitiva imagen estuvo sumida en el olvido en nuestra parroquia hasta el 29 de julio de 1917, fecha en que se celebró una solemne función religiosa oficiada por el párroco Antonio Marín Sebastián en honor de la Patrona y una procesión, sin embarque, patrocinada por el Comandante de Marina de aquella época. Y hasta 1921 no sería embarcada, por primera vez, la sagrada imagen del Carmen procesionada a hombros de marineros. A su regreso al muelle, predicó el sermón el mencionado Padre Antolín.

Así que después de la Virgen de la Paz, que no tuvo incidencia vocacional en los corazones de los marinos y pescadores, al igual que la Virgen de Nuestra Señora de la Peña, las otras tallas marianas, que sí la tuvieron, las encontramos, como se ha dicho, en las representaciones del Rosario y del Buen Viaje y las tres imágenes habidas del Carmen, todas ellas de los siglos XVII y XVIII, a excepción de la última, costeada en su mayoría por el Gremio de Mareantes.

El deseo de los portuenses hizo que, sucesivamente, fueran desplazadas para centrar su ferviente veneración en la actual Señora del Carmelo, a la que los trabajadores de la mar recurren en sus adversidades. Esta escultura de bello rostro ranillero y mirada dulce, es obra donada por el escultor portuense Ángel Acosta Martín, la cual fue entronizada solemnemente el 19 de mayo de 1954, habiéndose cumplido hace cuatro años el 50º aniversario, fecha de tanta trascendencia para sus fieles devotos que pasó inadvertida en el seno parroquial, cuando debió haberse organizado un acto religioso-cultural que conmemorara tan significativa e histórica efeméride. La excepción la encontramos en la publicación de un libro del investigador e historiador Fernando Viale Acosta titulado” La Virgen del Carmen de Ángel Acosta y el Puerto de la Cruz: 1954-2004”, que nos recuerda tal acontecimiento y que merece comentario aparte, además de la entrega generosa para el ajuar de la Virgen de un precioso escapulario de oro donado por los hermanos González –Carrillo y familia.

Por último, aclarar que la primitiva imagen del Carmen se pierde en la noche de los tiempos, mientras que la segunda, de media talla, atribuida al orotavense Fernando Estévez (1788-1854), fue trasladada a la ermita de San Telmo y entronizada en el Altar Mayor de la misma, junto al mar, y de allí a la iglesia conventual de San Francisco, de donde nuevamente volvió a la parroquia, emplazándose a la entrada de la sacristía. Así que fue esta imagen la primera en abrir la actual tradición de la procesión terrestre-marítima que, cada martes de las Fiestas de julio tiene lugar en medio de un ambiente multitudinario.

Sin lugar a dudas, a pesar de que hasta 1901 no se declaró a la Santísima Virgen del Carmen, Patrona de la Marina, que lo es de hecho de todos los navegantes, y que ya desde el siglo XIII había sido llamada por San Simón Stok “Estrella del Mar”, la advocación portuense data del siglo XVII cuando se acentuó el auge de esta población formada por portugueses, ingleses, franceses y catalanes dedicados al comercio.

El Puerto de la Cruz ha tenido siempre su historia al socaire de sus advocaciones, porque es pueblo de fe y beneficiario de sus santos patronos. En el caso de la gente de la mar, la actual y venerada Virgen del Carmen es luz y guía del bregar diario y la llevan en el corazón no sólo los marineros y sus familias, sino toda la población portuense. O tal vez porque como contara un viejo pescador del Puerto: “la Vigein dei Caimen hecha por uno del Pueito es la más bonita dei mundo”.

viernes, 27 de junio de 2008

EN DEFENSA DE LAS CASAS VIEJAS

Artículo recibido de : Melecio Hernández Pérez

Aunque la ciudad del Puerto de la Cruz ha visto minimizado considerablemente su patrimonio arquitectónico, sigue contando con escasos, pero interesantes ejemplares de casonas antiguas que son únicos dentro del arte popular canario. Algunas de esas edificaciones datan de la época fundacional de la población. Se remontan a los siglos XVII y XVIII, y se erigen en símbolo representativo de un valioso legado histórico, que, milagrosamente, a través de los tiempos siguen preservándose en medio del entramado urbanístico contemporáneo. Todavía existen manifiestos rincones de exquisito sabor y valor ambiental de antiguas construcciones de barro y piedra que, con su presencia, nos transportan a tiempos más sosegados; todo un contrapunto con la agitada y ruidosa vida actual. Ningún otro estilo de nuevo patrón arquitectónico podría armonizar mejor con el medio de la ciudad portuense, por esa característica tan llena de gracia, arte y belleza que distingue estas reliquias de la más depurada y genuina estructura de nuestra seña de identidad.

Se vive otro momento marcado por el materialismo. Hay menos sensibilidad y más especulación en todos los órdenes. El enriquecimiento fácil mueve la codicia humana en un sistema aliado por el poder y el capitalismo potenciados por la aspiración justa y noble de una sociedad que seguirá demandando una vivienda digna y confortable para sí y su familia. Por otra parte las vetustas casonas son una carga para la mayoría de sus propietarios, si las Administraciones públicas no comparten obligaciones y responsabilidades, razón por la cual quedan relegadas, dado su elevado coste de mantenimiento y conservación, a destinos comerciales, museísticos o similares, si no quieren acabar derruidas y sustituidas por moles de cemento y cristal que tanto atenta y sigue atentando al conjunto urbano de interés histórico-artístico. Así que para evitar esos frecuentes atropellos del patrimonio municipal, las nuevas edificaciones aledañas deben de amoldarse a la estética e idiosincrasia canaria, allí donde estén presentes, para no romper ese valor ambiental tan apreciado por los naturales y extranjeros que en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado captaban en sus lienzos pintores llegados de todos los lugares del planeta, como también hiciera el inolvidable acuarelista Francisco Bonnín. Hoy, lamentablemente, esa arquitectura del paisaje, es prácticamente inexistente en nuestra querida ciudad. William A. Strong venía a decir que “ésta consiste en la planificación del terreno mediante su distribución ordenada, de acuerdo con unos fines determinados y su subdesarrollo subsiguiente, por el cual deben quedar reconocidos y destacados como conviene los valores económicos, sociales, físicos y estéticos con el fin de lograr su mayor aprovechamiento y disfrute por el hombre”.

Si salimos en defensa de las casas viejas es porque unas veces el fuego y otra la disposición de los industriales, constructores y promotores, además de la desidia de los regidores que no velan por gestionar los medios para su conservación, estos añosos y emblemáticos ejemplares han ido desapareciendo de la faz urbana. Hay que preservar las históricas y viejas casonas que aún permanecen en pie al filo de algunas calles; pero para ello se precisa de ayudas económicas de las entidades públicas, léase Gobierno de Canarias, Cabildo Insular, etc. y todo el apoyo de la Delegación de Patrimonio Histórico- Artístico, Dirección General de Bellas Artes, etc.-, para su conservación y pervivencia. Que no desaparezca esa muestra que atesora el Puerto levantada con tanto amor por manos artesanas de otras épocas con materiales de madera noble, barro y piedra, hechos arte en balcones, ventanas, gárgolas, techos y escaleras. Una buena muestra de remozamiento reciente como ejemplos a imitar es la conocida casa de la familia Bazo, que antaño ocupara el histórico Turnbull´s Hote, así como la situada en la calle de Pérez Zamora, donde estuvo instalado el Instituto Laboral y posteriormente el I.N.B. Agustín de Bethencourt, y otras sedes de diversas actividades, cual fuera el Hotel Carpenter o Royal Hotel.

La ciudad del Puerto de la Cruz, como señala Fernando G. Martín, hasta mitad del siglo XX, mantenía gran parte de su extraordinaria configuración urbana, de un sentido unitario total, constituyendo uno de los centros de arquitectura doméstica más originales del Archipiélago. Hoy, entre sus valores más representativos, por citar sólo algunos, están las casas siguientes: Casa de la Real Aduanas, Miranda, hotel Marquesa (¿cuesta algo poner un distintivo indicando que en ella estuvo Alexander von Humboltd?, Casa Iriarte, Hermanos de la Cruz Blanca, Palacio Ventoso, que fuera residencia del Dr. Víctor Pérez González y su esposa la poeta Victoria Ventoso y Cullen, que no sé a que se espera para colocar una placa que reconozca ese hecho; la Hacienda de San Antonio de Pauda, la denominada “El rincón del Puerto”, antiguamente Fonda Casino; las de los herederos de Hernández Hermanos, en la calle Blanco, entre las que se encuentran la casa donde nació el historiador portuense José Agustín Álvarez Rixo y la ubicada en la acera de enfrente donde se estableció una boardin-house, ambas en lamentable estado de conservación. Otro tanto cabe decir de la casa natal de los Iriarte, ¡bochornoso!, y otras tantas que hacen temer que su baja rentabilidad y la alta cotización del espacio las lleven al estado de ruina total.

Esta presencia patrimonial obliga a las presentes y sucesivas generaciones la obligación y el deber de respetar tan maravilloso legado que constituye el capítulo más vivo y testimonial de nuestro pasado; pues, a pesar de las presiones económicas del sector turístico y de la construcción, el escaso suelo y la política expansiva y especulativa, sobrevive lo que hoy no son sino “temerosos islotes a punto de ser engullidos por un mar caótico y estandarizado” Que las corporaciones y grupos políticos de hoy y siempre no permitan nunca que se sacrifique ni una sola de esas casas viejas existentes con valores arquitectónicos e históricos y que se tomen sabias medidas de prevención de riesgos irreparables como el derribo, incendio, etc. que puedan acabar con el exiguo pero interesante patrimonio del Puerto de la Cruz, uno de los municipios isleños más sacrificados en aras del turismo, no en vano fue el primer centro turístico de Canarias. Así que no nos engañemos, muchos ejemplares no sólo de la arquitectura tradicional canaria están en crisis, sino también de otros patrones dignos de catalogación y conservación. Hay que tomar medidas y soluciones urgentes para evitar injustificables males mayores. Que así sea.

sábado, 21 de junio de 2008

PASTORES Y PESCADORES, VINCULADOS POR SAN JUAN

Artículo recibido de: Melecio Hernández Pérez

Trabajo leído por Melecio Hernández Pérez, a modo de pregón de la Fiesta de San Juan 1989 del Puerto de la Cruz, y recogido en el libro “Sol, Fuego, Cabras y Mar en las Noches de San Juan” por el recordado Jesús Eustaquio “Chucho Dorta “Benahuya”. Impresión Graficolor, La Cuesta (La Laguna). Primera edición: junio, 1992. pp. 88/98.

En la fiesta del Sol de San Juan, que data de muy antiguo, en un sentimiento externo, se acuñó la entrañable costumbre del baño de los animales en el mar, como una de las tradiciones más populares heredada de nuestros antepasados que simboliza la procreación.

Este rito fue creado por rústicos y sencillos hombres del pastoreo fieles a la cita marinera, adonde acudían desde muy temprano con sus rebaños, abandonando los campos y cuevas de sus moradas para la ancestral prueba o ceremonia del agua salada y el fuego de las hogueras. Los rayos solares vendrían después a secar la piel y las ropas humedecidas del cabrero. Este singular cuadro podía apreciarse a lo largo del litoral portuense, aunque era el muelle pesquero donde arribaba el grueso del ganado. Allí, junto al muelle viejo, se situaba el curioso público que admiraba el espectáculo de las cabras en la playa, controladas por los fieles perros y el grito de sus nombres que imponía el cabrero para reducirlas y empujarlas hacia las rompientes olas.

Después del baño, el pastor de arremangados pantalones, recomponía su figura con el sombrero y la vara. Dejaba en la arena, junto a los lanchones, retozar al ganado con la libertad con que pacen en el campo, mientras el cabrero se acercaba solícito a la taberna portuaria más próxima a refrescar el gaznate con la bendición de San Juan.

Esta fiesta, más pagana que religiosa, gozaba de la simpatía y beneplácito del pueblo. El hombre del campo y de la montaña, que recorría los caminos del Valle regalando el cuadro bucólico más acentuado del paisaje isleño, a su paso por los hogares, iba vaciando las ubres de espumante leche para ofrecerla en mitad del camino a la hora del desayuno. Esta habitual imagen, inédita para muchos, se iría esfumando cada vez más por los años sesenta, cuando al Puerto llega la sacudida del “boom” turístico. Por tanto, no sería hasta hace apenas unos pocos años cuando, por un grupo de entusiastas encabezados por Chucho Dorta, se recupera y rescata la vieja figura del cabrero y la cabra a la orilla del mar al filo del naciente verano como una reencarnación del idílico oficio del hombre aborigen; oficio forjado en el crisol de la madre Naturaleza y de la que aprendió el hombre toda su sabiduría: leer en el cielo, conocer la altura de la Luna, el lugar de los luceros; dominar el campo, los montes y sus barrancos. Captar el juego amoroso del perro y el ganado que cuida; acostumbrarse al milagro del nacimiento de un baifito. Marcar el rumbo del peregrinaje de cada estación; familiarizarse con el lagarto, grillo y cigarrón; el caballito del diablo, la rana y las mariposas, y el vuelo y color de los pájaros. Aprender a soñar con soledades de esquilas; distinguir las flores silvestres y los frutos de cada árbol; las zonas ocres y verdes, el buen pasto; la fuente o arroyo donde abrevar; silbar, ordeñar; sobar el zurrón, pronosticar cuándo habrá sol o lluvia y, porqué no, soñar con el día de San Juan junto a los marineros y pescadores del Puerto de la Cruz, hombres de la mar de otros rebaños y otras ubres.

De esta hermandad entre pastor y pescador y de sus vivencias, sabe mucho el viejo muelle de historias y leyendas dormidas en sus eternas piedras. El pastor sigue los senderos abiertos en tierra por lejanas generaciones como el marinero enfila su barca por los caminos de la mar. Uno y otro marcan el límite entre la cumbre y el horizonte.

Aquí, el marinero del Puerto tiene un comportamiento afable, cordial y generoso. Permite que por San Juan irrumpan en sus dominios de arena y espuma. Se siente complacido y les recibe en su terreno con ambiente engalanado; escenario de cada día, medio y elemento de su vida. Está orgulloso de que el vigor de “su” mar sea talismán de la fecundidad. Colabora en la acción del baño de los animales con experiencia de mil lunas. El hombre de la mar gusta conversar con el cabrero, casi dos lenguas diferentes, pero unidas para siempre por la amistad y la tradición. ¿Pero devuelve el marinero la visita al pastor en sus dominios cumbreros? Tal vez algún día la sombra de los pinares con su brisa de aromas atraiga al hombre de la mar a la paz de los montes donde vive el amigo con experiencia de mil soles, dispuesto a obsequiarle con leche y queso frescos.
Sin embargo, la mujer pescadora sí que ha recorrido los caminos polvorientos, guiada, por un lado, por el instinto de negociar; y por otro, por la necesidad de proveerse de productor agrícolas. Así que desde tiempos lejanos, la mujer se animó a salir a los campos del valle para vender la mercancía que en cesta de caña trenzada a la cabeza eran conocidas por “gangocheras” o pescadoras.
Al regresar lo hacían con las cestas cargadas de papas, hortalizas, frutas y hasta conejos y gallinas, que unas veces eran objeto de trueque, y otras, obsequios de la buena gente del campo, aunque las más adquiridas a cambio de dinero, fruto de su duro trabajo. Estas mujeres al principio iban descalzas porque desde niñas las plantas de sus pies eran suficientemente encallecidas para poder desafiar todos los pedregales. No obstante, llevaban botas en la cesta que se calzaban antes de entrar a los pueblos. Esta costumbre se fue alterando en el sentido de que posteriormente ya fueron siempre calzadas, pero muy burdamente, cuando marchaban por los campos, pero con zapatos más presentables cuando entraban a los pueblos, extendiéndose este uso no sólo a las revendedoras, sino también entre la gente de campo y de los pueblos que hasta hace unos cuantos lustros mantenía este particular hábito.

La gran cesta que portaban a la cabeza sobre la “rodillera” solía ser de treinta o más kilos, y generalmente la cubrían con un mantel o paño, atado a las asas. El pescado fresco se cargaba las más de las veces directamente de la barca recién varada en la playita del muelle o de la pescadería, por lo que solían pregonar con razón: “Al pescado fresco del Puerto”.

Recorrían los caminos ofreciendo la plateada mercancía y contaban con su feligresía que aguardaba la visita de las pescadoras que también acostumbraban a llevar pescado salado. Portaban una balanza de dos platos, la romana, recubierta de escamas que se adherían formando densa costra. No era extraño que los pesos fueran piedras equivalentes a uno o dos kilos. Más cercano a nuestros tiempos solían viajar en la jardinera o guagua y se sentaban en el asiento posterior mientras las cestas iban en la baca, atadas con cuerdas. Así y todo el peculiar y penetrante olor lo llevaban pegado a la piel, y diría que era hasta confortable aquel perfume a mar y pescado. Solían llevar un control con apuntes muy extraños, a veces en pequeñas libretas a base de rayas y redondeles de diferentes tamaños que en ocasiones trazaban con una perpendicular, según el valor que les asignaban, porque también controlaban las ventas a crédito.
Dice Diston que al regreso a sus casas, ya al caer la tarde, grupos de revendedoras bajaban rezando en alta voz o cantando isas y folías, al tiempo que saludaban a cuantas personas encontraban a su paso, dejando con su presencia en los caminos y veredas una afable estampa con aires exclusivamente del Puerto. Por esos caminos de Dios se cruzaban frecuentemente con pastores y rebaños de cabras y se hacía conversación al caminar con el propósito de salud y suerte, tal vez en un pacto sellado en el tiempo por la amistad entre las gentes de campo y mar.

Pero sigue siendo por San Juan, festividad de evocaciones y ensueños; de simbolismos y magia hechos tradición, y desde la explanada del viejo muelle donde cobra realismo la entrañable estampa de pastores y manadas, pescadores y gente del pueblo; bajo el mismo cielo, tierra y mar de este Valle de Taoro, comarca principal y pastoril de la noble y valerosa raza guanche que tiene en los actuales cabreros su más viva y ancestral imagen.

viernes, 20 de junio de 2008

PERSONAJES POPULARES

Artículo recibido de: Melecio Hernández Pérez

Contenido principal de la conferencia pronunciada por Melecio Hernández Pérez en el salón de plenos del ayuntamiento del Puerto de la Cruz el día 5 de julio de 2005, dentro del ciclo “La Tertulia de los Iriarte”, organizada por el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias.

Cuando supe que el profesor Rafael Fernández, titular del departamento de Filología de la Universidad de La Laguna, iba a versar su conferencia sobre el clan Iriarte- la única familia de toda Canarias y, muy posiblemente, del reino español que mayor número de personajes ilustres haya aportado a la historia de la política y la cultura nacional e internacional, fundamentalmente en el siglo XVIII- y de cuyo magistral resultado pudimos disfrutar ayer en este mismo salón, pensé inmediatamente que también los personajes o tipos populares, esos sencillos y a veces humildes seres, debían de tener cabida en un acto como éste. Fue esa la razón principal de elegir el tema de hoy, un tema de andar por casa, que, de forma simple y modesta, he volcado en las cuartillas que siguen dedicadas particularmente a la amable audiencia de esta tarde veraniega.

Hubo tiempos pasados no muy lejanos, en que el Puerto de la Cruz, al igual que el resto de las demás poblaciones de la geografía insular, contó con el típico personaje de indiscutible popularidad y general simpatía, que era poco menos que un bien preciado, muchas veces identificable con el lugar de nacimiento o de residencia, ya que al nombre o apodo se solía añadir el gentilicio correspondiente, como ocurrió con aquellos cándidos hermanos que siempre estaban a las puertas de San Juan de la Rambla, allá por los años 50. El individuo en cuestión podía ser el “bobo” o borrachito de turno, e incluso el perturbado o lisiado, entre otros gremios como el vagabundo, pedigüeño y pordiosero que movía a la conmiseración de unos o a la indiferencia de otros; pero que representaban el blanco ideal para el ensañamiento y el divertimento de la chiquillería.

El Puerto registró algunas de esas figuras dignas del más respetuoso recuerdo, como parte de la intrahistoria intrínseca y entrañable, merecedoras de ser recuperadas de la memoria colectiva, porque a pesar de su protagonismo, terminaron en el silencioso mundo del anonimato. También formó parte de la nomenclatura el mendigo foráneo, atraído por el cosmopolitismo y el ambiente turístico y comercial de la ciudad, propicio a sus intereses recaudatorios. Y, por supuesto, otros, que nada tienen que ver con los grupos humanos señalados, pero que, por su proceder y andanzas, alcanzaron esa categoría en el tejido social más heterogéneo.

Pretendo en este sucinto compendio de personajes, airear de la trastienda de la memoria una mínima parte de esa serie de populares que siempre han rondado por mi mente como aves migratorias y que han ido anidando a través de los años. Es propósito que esta exposición.-un tanto a imagen y semejanza, aunque en campo muy distinto-, sea una emulación de la ingente y meritoria labor que año tras año viene realizando el profesor Antonio Galindo con el rescate de viejas fotografías reproducidas con la más avanzada técnica por el prestigioso fotógrafo Manuel Díaz Febles, y que, como un tesoro gráfico-literario referencial de tiempos idos, expone de manera ordenada y documentada.

Los pintorescos y variopintos personajes alcanzaron notoriedad por diversas razones. Son individuos que hoy desfilarán sin un orden preconcebido, sino tal vayan fluyendo del territorio de la memoria.

Confieso que uno de los mayores impactos me lo produjo un tipo de gran envergadura, allá por la década de los cuarenta. La imagen que retengo es la de un hombre llevando s hombros un féretro, como hacía también aquel famoso individuo de La Laguna que llamaban “Pandero” que recorría las calles de la ciudad, más que con su persona, con sus patéticas melodías silbadas. El personaje en cuestión fue también mandadero, filarmónico y marchaba detrás de las procesiones junto a la Banda Municipal de Música. Subía aquel sujeto la calle Quintana con dirección a la de Santo Domingo. Las campanas de la iglesia doblaban a muerto acentuando la luctuosa escena. Después lo perdí de vista y no recuerdo haberlo visto más, posiblemente porque esa vivencia superó a cuantas pudiera acceder posteriormente de aquel hombre-ataud. La caja no era para él, el muerto tampoco era yo, porque la de los niños era pequeña y blanca. ¿A quién sepultarían en aquel lejano día y año? Nunca lo supe ni lo sabré. Pero sí que el personaje a que me refiero tenía por nombre Joaquín y por mote “El leño”.Le decían Joaquín “el leño”. Según supe después, uno de sus trabajos consistía en acarrear hasta las casas mortuorias las cajas para la nueva y última morada. Las recogía de la carpintería de Antonio “el Baltasar” donde se fabricaban a la medida. Tampoco encontré respuesta a quién sería el portador del féretro de Joaquín el día de su fallecimiento. Se cuenta que familiarizado como estaba con la muerte, casi partió del brazo de la Parca, esa temida presencia que en las representaciones pictóricas de los genios Rubens y Goya, en Louvre y Prado, son de gran belleza plástica.

Orto de los personajes cuya imagen recuerdo con nitidez y nostalgia, es la de un pobre hombre que conocí en mi adolescencia en el barrio Botánico. Muchas veces sus pasos se encaminaron a la venta de Domingo González, su primo, quien le socorría con alimentos y cigarrillos. Le decían Pepillo el “Rolón” y su penoso estado se debió a que de niño su padre le asestó una fuerte paliza con consecuencias para su salud. Arrastraba, indudablemente por ello y por el peso de sus años, una ligera cojera y un cuerpo sufrido y encorvado que se ayudaba de un cayado o palo a modo de los guanches. Recorría descalzo los caminos. Su vestimenta era andrajosa y sobre sus hombros llevada una raída manta doblada que aparte de servirle para salvaguardarse del frío, la usaba de colchón en la cueva donde vivía, próxima a la costa marina, como un troglodita aborigen. Su rostro era digno de un pintor de la categoría de aquel norteamericano afincado en el Puerto de la Cruz en la década de los treinta, que vivió en la casa de la familia Padrón en la calle de La Hoya y en el torreón del hotel Marquesa, donde tuvo su estudio. Le llamaban “el pintor sordomudo” y se apellidaba Washbur, que murió en 1965. Los rostros de tipos populares, fundamentalmente de hombres de la mar, que tanto pintó y grabó en esta ciudad turística, fueron el centro de su atención. Un día de 1940, al parecer por asunto de espionaje, partió precipitadamente para América, en la época de Sebastián González y González, o don Chano “el del Marquesa!”, como era más conocido. Nuestro mendigo tenía barba de chivo y de su afilada nariz destilaba un hilillo mucoso que secaba en la manga de su americana. Aprisionaba entre sus labios un cigarrillo virginio. Su voz débil y gutural emitía ininteligibles sonidos; pero, según con quien, hablaba algunas palabras o frases un tanto inconexas. De mirada triste y ojos hundidos, su rostro estaba surcado de arrugas. Ofrecía el aspecto de los tipos descritos por Charles Dickens. Era uno de esos infelices de los que las burlas de los otros me hacían daño. Lo dejé de ver por largo tiempo, y entonces alguien me informó que Pepillo el “Rolón” había muerto en la soledad de su cueva. Aquella frágil figura aún sigue ocupando una parcela de mi memoria, pese a saber tan poco de su vida. Me hubiera gustado que Pepillo hubiera tenido la suerte de un Samburgo, cuyo recuerdo inmortalizó Zamacois en una de sus novelas. Samburgo fue el pordiosero-rey de las calles de Santa Cruz de Tenerife de los años veinte. Paseando el ilustre intelectual por las inmediaciones del cuartel de San Carlos, el menesteroso, dispuesto a engullir el rancho que le habían proporcionado los militares, le preguntó: “¿gusta usted, caballero?”. Zamacois, impresionado, dejó escrito lo siguiente: “¡Bendita tierra ésta, donde hasta los mendigos son unos señores!”. También el poeta Francisco Izquierdo, nacido a finales del XIX, le dedicó una composición poética de la que tomo la primera estrofa:

Me encantan esos viejos sucios, llenos de piojos,
Pipa en boca, tez negra, tartamudo el andar
Igual que esos bichos carnudos y bisojos

Que entre las rocas duermen a orillas del mar…
Sin más pretensión por adentrarme en tiempos anclados en el lejano ayer como los recogidos, incluso en la poesía popular portuense de principios del XX, intitulados “la comida organizada por la Casa de Cornelio” o “la Banda Municipal”, y otras de carácter jocoso que versan de un Antonio el “petudo”, gaditano, yerno de Pablo el “cachorro”, sepulturero del camposanto católico del Puerto de la Cruz, y que vivió en el castillo de San Felipe, sin el consabido título de Castellano de la fortaleza. Antonillo era limpiabotas y músico de la Banda, quien después de los ensayos que solían terminar al anochecer, para poder pasar por delante del cementerio, reclamaba la compañía de su mujer haciendo sonar la trompeta desde lo alto del Peñón, o Patricio Quintero “cagalera”, el hombre que manipulaba los zancos como nadie y Antonio Álvarez el “lucero” que llevaba arrollados al cuello enormes collares de llaves de madera para barricas de vino y que terminó su vida como el rey de los pordioseros; todos ellos fuente de chascarrillos, a diferencia de populares de menos riqueza anecdótica como “La Ventaneando”, una mujer que vivía en La Montañeta en la frontera con Los Realejos, y que tenía dos hijos. Ella, para sacar adelante a sus vástagos, recorría los pueblos del valle con la cesta a la cabeza primero, luego con un burrito cargado de los más variados artículos demandados por su clientela. Pregonaba por las calles: “Aquí va la venta andando”, siendo éste el origen del mote de aquella infeliz que, como única propiedad, legó a sus hijos Juan y Eulalia. Sin embargo, el varón que marchó para Santa Cruz y subsistió más de la caridad que de su labor de mandadero, se hizo muy popular en la capital con el sobrenombre de “ya te calé”, mientras que su hermana a todo el mundo llamaba “primo”, lo cual ponía de manifiesto la deficiencia mental de éstos.

Don Antonio Hernández (entonces la gente era respetuoso con los mayores a quienes trataba de usted. Y como esto es lo único que poseían no seré yo quien se lo arrebate, aunque sea en detrimento de otros protagonistas que sí llevan el tratamiento y que omito en aras de los más humildes). Digo, que don Antonio Hernández, alias “el manquito”-aunque tampoco sé por qué se le llamaba así si poseía brazos y manos-era oriundo de La Orotava, y, pese a su condición de lisiado, a diferencia de otros que participaron de la limosna institucionalizada, éste, conocer del oficio de zapatero apropiado a su discapacidad, llegó al Puerto con el propósito de trabajar y beneficiarse del clima costero y de las aguas curativas que existían aún en la Cueva de San Telmo y en la fuente de Martiánez. Desde su nacimiento fue un tullido con las extremidades inferiores atrofiadas, lo que le imposibilitó andar incluso apoyado en muletas; tampoco dispuso de silla de ruedas. Se movía valiéndose de la fuerza motriz de sus manos apoyadas en el suelo para arrastrar su cuerpo dentro de sus limitados dominios de la iglesia parroquial, el entorno de la plaza de recoleto jardín con pila central y cisne de 1900; las ruinas históricas del convento de las Nieves incendio en 1925, la visión abierta del padre Teide y el murmullo arrullador y ensordecedor a veces del cercano mar. Los que le recordamos nos remontamos a finales de los 40. Él vivía en la torre de la iglesia matriz bajo el peso del campanario y las pesas colgantes que movían la maquinaria del reloj. Recorría las naves y las capillas de la iglesia, en confabulación intimista.

Por aquella época, el párroco era Federico Afonso. Necesitado de un campanero, bien por conmiseración o conveniencia, don Antonio, a cambio de un techo, pasó a responsabilizarse de echar las campanas al vuelo, por lo que las cuerdas llegaban a ras del suelo de las que se colgaba y balanceaba el lisiado. También portaba las llaves del templo. Esto lo invistió de cierta autoridad de la que no dudó en servirse, mostrando entonces su lado más adusto. Dormía en un baúl y cierta noche las pesas del relojes se desprendieron golpeando el suelo con gran riesgo y estruendo sin más consecuencia que el susto.

Había algo de Cuasimodo en el “manquito”. El personaje de Víctor Hugo- salvando la diferencia con el cíclope parisino-éste vivió en la catedral y vagaba dialogando con las esculturas sagradas. Fue también campanero que se colgaba y columpiaba para poner en movimiento las campanas catedralicias. ¿Acaso no fue campanero Cuasimodo por mandato del arcediano Josa como don Antonio por el párroco Federico Afonso?
Nuestro personaje terminó viviendo de la caridad de los demás. Casiano Verano y otros vecinos piadosos les proporcionaban el alimento diario. Él quería ser útil, y mientras el comerciante sesteaba después del almuerzo en su establecimiento donde se vendían los finos productos de Cadbury´s, el lisiado hacía de celoso guardián.

El “manquito” usaba sombrero, tirantes y llevaba chaqueta todo el año, y a pesar de que no podía valerse de sus deformados pies los calzaba con botas. No sé si el clima del Puerto o los muchos años residiendo aquí le cambiaron su aspecto rústico; lo cierto es que su piel se curtió como la de los marinos y pescadores, que es tando como ser hijo del Puerto de la Cruz. Un día enfermó, y volvió a su Villa, de donde había venido, donde falleció.

Pero algunas veces la voz de bronce de las campanas de la torre nos traen el recuerdo de quien un tiempo fue camarero Mayor de la iglesia de La Peña de Francia.

Otro disminuido físico fue otro Antonio, esta vez “Cojolaburra”, si bien pese a su invalidez no fue uno de esos personajes enclenques que inspiraban compasión, porque en su figura cosida a la muleta que le servía de apoyo al andar, ya que le faltaba una pierna, y tocado como iba siempre de sombrero de fieltro, había cierta arrogancia y porte como la de esos héroes mutilados de guerra que prenden de su pecho hasta las condecoraciones de hojalata. Don Antonio fue un individuo que nada tenía en común con el tonto de turno, caso de “To-to Lindo”, tipo triste y tierno, el bobo mondo y lirondo que iba descalzo y andrajoso, con la mirada perdida y sonrisa de baba, con los bolsillos repletos de piedras. Venía a representar en aquellos tiempos el prototipo de la estampa frecuente en plazas y caminos de nuestro territorio insular. De La Orotava recuerdo a Perico “Culo Goma” y Manolo “Reloj” y de Los Realojes, aunque más tarde, a Pipira.

En la zarzuela “María Adela”, el comediógrafo Julio Romón, autor del libreto al que puso música el portuense Juan Reyes Bartlet, rescata, dignifica y exalta la frágil simpleza del bobo, un primer personaje en la acción dramática encarnado en Juanito, un sujeto con alma de hombre que sabe querer de verdad, aunque su torpeza le impidiera manifestarlo.

El “Cojolaburra” fue, como queda dicho, otro tipo de personaje popular. No encaja en el drama de “María Adela”; más bien en “Misericordia”, de Pérez Galdós, como un Eliseo Martínez, cojo y manco al pie de la parroquia de San Sebastián. Él no buscó catedrales ni iglesias; se conformó con una vieja ermita, la de San Telmo, antigua batería de su nombre con perfil de maderos y garitones.

A mediados del siglo XX, tanto la ermita como la batería aparecían sumidas en la desidia. Las descarnadas paredes del recinto sagrado mostraban su ruina y los viejos cañones que defendieron el fondeadero del Rey, yacían incorruptos. Parecía el escenario de una legendaria batalla. Algún tiempo atrás, allá por las décadas de los 30 ó 40, apareció por estos lares venido de quién sabe dónde, y ocupó la garita mayor, la del este, que convirtió en su vivienda: cocina y jergón en la que vivió durante muchos años hasta unos meses antes de su muerte acaecida en el hospital local. Tuvo habilidades para los oficios de albardero y zapatero, y trabajaba sentado en el bando de la fachada de la ermita acompañado de gatos y perros. Se aficionó al morapio y tenía mucho carácter. Cuando se defendía de las trifulcas provocadas bajo los efluvios etílicos, colocaba la muleta a modo de lanza, y más de una vez, al perder el equilibrio, dio con los huesos en el pavimento adoquinado. Mermado de salud y fortaleza para subsistir, contó con la generosidad de algunas familias que cubrieron sus necesidades más perentorias.

A veces he pensado si no sería un veterano de la antigua guarnición que volvió del túnel del tiempo para morir como el último soldado del fortín.

También conservo el recuerdo de otro personaje popular, hasta el extremo de no haber olvidado ni el timbre de su voz ni el sonido de la fricción del arrastre de su calzado a su paso por las aceras. Es nada menos que don Diego Manuel González Hernández. Seguro que se preguntarán quién fue este señor. Al menos yo al principio lo hacía. ¿Quién será y adónde irá tan decidido? El susurro ininteligible que emitía mientras callejeaba ¿era tal vez alegato, canto o rezo eternizado en sus labios? ¿Acaso gemía por la pesada cruz que en vida le tocó vivir? No lo sé, sólo sé que bajaba de La Orotava andando al Puerto como mendicante para visitar las casas en los días que impartían limosna las familias pudientes y que dialogaba consigo mismo y a veces canturreaba algo así como “los abedules ta-ra-rá eran azueles”. Sé que cuando le gritaban “mariposo” se volvía sobre sus pasos encolerizado blandiendo y hasta arrojando su bastón, vomitando toda clase de improperios. Que de haber sido de “complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro” y no de baja estatura, lanza en ristre en lugar de bastón, yelmo por boina, aunque eso sí, caballero y andador, podría ponerse en sus labios la frase de Don Quijote en la aventura de los molinos:”Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete”.

Había adultos que le daban limosna, sólo a cambio de que danzara y cantara; duro y cruel precio para un anciano vejado en corro que aplaudía sus torpezas, aunque otras almas caritativas lo socorrían dadivosamente. Vagaba sus soledades en total aislamiento, sin calor hogareño, por esos caminos de Dios con su drama cosido al alma, porque tempranamente había perdido a sus seres más queridos, soledad ésta que muy posiblemente le llevaría a una pacífica demencia de su extraño y misterioso mundo.

Los que le conocimos habrán adivinado que este don Diego González al que me vengo refiriendo, no es otro que el conocido por don Dieguito o don Diego, que no era precisamente de La Orotava, como cabría suponer, sino del Puerto de la Cruz. Nacido en 1871, pasó a la Villa siendo aún joven donde vivió de la caridad. Era pequeño de estatura, ligeramente encorvado, acicalado, de flor en solapa y de paso menudo; rostro fláccido y bizco de mirada sin brillo, escuálido y endeble. En su espíritu conturbado se encendía a veces una lucecilla de recuerdos fósiles y contaba entonces vivencias de su juventud. Así vivía entre la razón y la sinrazón, entre la calma y la borrasca, entre el brillo de la lucidez y la noche negra impenetrable de las ideas soñadas. Eran dos vertientes coronadas por una figura imborrable, querida y nunca olvidada. Para don diego, su madre muerta seguía siendo el eje de su existencia. Largos diálogos ante la tumba en el silencio sobrecogedor del cementerio, a la luz tenebrosa de la noche. Así fue desgranando don Diego las horas de su vivir, entre el coloquio nocturno con la materia del despojo y la oración fogosa, callejera, espoleada por el estímulo de las gentes. Vivía en el Asilo de la Caridad y allí murió en 1963, a los 92 años de edad. Se trataba de un ser simple, humilde y popular muy conocido y querido en todo el valle, principalmente en La Orotava. Una mano amorosa cerró sus ojos y prendió del ojal de la mortaja, si es que la mortaja tiene ojal, la última flor.

En tiempos pretéritos de vivir sencillo, deambular y conversación pausados, las calles olían a pueblo. Eran tiempos en que por las mañanas las mujeres llegadas de los altos vendían en cestas de refrescantes helechos los frutos del monte; el lechero con la medida en ristre iba vaciando sus cantinas por las casas con la misma habilidad del escanciador jerezano, al igual que el cabrero. Conmovedora y bella resultaba la estampa del mulo cargado de leña para las panaderías, aguardando pacientemente en mitad de la calle el alivio de la pesada descarga. Y muy típica la del pescador con sus aparejos de pesca y los pantalones arremangados, rumiando con fruición tabaco y portando una ristra de viejas o cabrillas. Muy común era ver al cura impartiendo la bendición a instancia de los transeúntes o procesionando a toque de campanilla el viático, al paso de del cual la gente se persignaba y arrodillaba. También el médico del pueblo acudía solícito a visitar a domicilio los enfermos. Llegaban de la Península vendedores ambulantes (algunos se quedaron) como aquel que voceaba: “al palito de la raza”. Y ¡fíjense!, también eran tiempos en que si algún vecino enfermaba de gravedad, unos bidones en la calle interceptaban el tráfico rodado. Todas esas piezas conformaban el perfil urbano y costumbrista de la época.

Ahí estaba la “Rochila”, tocada de sombrero negro y sempiterna pipa humeante, Cándida la “Pirulina”, Elena la “Popa” o Candelaria la “Balaya”, entre otras. Posteriormente recaló por el Puerto “Toribia” de Icod el Alto, vendiendo gallinas, huevos, perejil y otros productos. Alcanzó popularidad por su vestimenta y adornos estrafalarios, pues se pintorreaba y llenaba de abalorios y baratijas de toda especie. Asimismo, como un flash, me llega la imagen del primer florista callejero a la ciudad. Amanerado y de voz atiplada, colgaba sendas cestas de sus brazos, y no podía regresar a su Orotava hasta no liquidar la totalidad de las flores, por mandato expreso de sus explotadores. Pepito, que así se llamaba, agotado y casi sin comer solía descansar al pie del “Canal de Suez, porque, además, le estaba prohibido gastar dinero alguno de la venta obtenida. Así de honrado era con su “amo”. Murió ciego en el hospital de La Orotava. Y así, tantos otros personajes, actores todos de su papel en la comedia de la vida, que pusieron ritmo y pulso al vivir callejero. Algunos de ellos de la rotundidad del murciano Ginés Oliver, mejor “don Ginés el churrero”, el de La Cartagena, y su carrito de venta de helados. Acudía con su mercancía a buena parte de las fiestas de la isla y elaboraba artesanalmente exquisitos churros y turrones que durante más de medio siglo pregonó por las calles portuenses. Cirilo Carrillo, cubano de nacimiento, quien en sus últimos años andaba por las cercanías de la plaza del Charco y del muelle al servicio de los que necesitaran curar de algún hueso dislocado. Famoso fue Julián y su burro “Sarguito” dedicado al transporte y objeto de populares coplas por la virilidad del asno y la supuesta foto de Baeza con la mula del Fielato (El burro de “Sarguito”/ y la mula del Fielato/ fueron casa Baeza/ a sacarse un retrato…/) La firma Juan Ríos y Cía. lo ocupaba casi diariamente para el comercio que mantenía abierto en el antiguo inmueble de la familia Lercaro, denominado “El Fielato”, donde hoy se levanta un edificio de varias plantas, y a cuyo costa, frente a la Caleta, estuvo adosada la pescadería de mayor tipismo de la isla.

De mi época en el Círculo de Iriarte, no olvidaré jamás a Froilano Gonzàlez Díaz, fallecido en 1962, contando sus increíbles historietas que Gabriel Ojeda conocía en su totalidad. Refería cosas así: que en cierta ocasión viéndose perseguido en Cuba por un negro, trepó por una cascada y cuando salvó el salto, cortó de un tajo el torrente de agua con un machete, impidiendo subiera el perseguidor.

Conocí a dos Lázaro, uno era el hombre-buceador y el otro el camellero que se afincó definitivamente en la ciudad turística. El primero tenía la facultad de sumergirse a pleno pulmón, sin botella de oxígeno, en la bahía del puerto y permanecer hasta casi quince minutos bajo el agua. Su presencia en el muelle resultaba todo un espectáculo circense, muchas veces premiado con aplausos. Por las fiestas patronales, nadie como él para cruzar el palo de la cucaña sin caerse. Tan misteriosamente como vino desapareció. El otro, uno de los personajes más fotografiados e internacionales de la historia del paisanaje portuense, paseaba a los turistas en sus camellos mientras cantaba aires canarios al compás del campanilleo de sus dromedarios, envuelto en una estela de admiración y simpatía. Representó todo un símbolo en la oferta turística. Imposible dejar de nombrar a Ramón Torres, Ramonillo, pescador conocedor de todos los bajíos y las cuevas de sus víctimas: los pulpos, que luego su hermano Isidoro servía en el guachinche que mantuvo en la calle Dr. Ingram en función al vino a consumir. Atuendo de conchas de almejas en los Carnavales, provisto de armónica para tormento de oídos ajenos, le hicieron ver que fabricantes de unas chocolatinas con hechura de disco musical se enriquecían a costa de su universal fama. Y qué decir de los tiernos e ingenuos personajes como Pancho el de don Pepe “De la Duquesa”, con su jaula pajarera y Berto Molina, a quien dedicara Eloy Delgado, yerno de Juan Bolinaga, un emotivo recuerdo necrológico; o Julio, sociable, encorbatado y seguidor de entierros a los que sigue acompañando infaliblemente con unas flores que ha pedido para el caso.

Y a vuela pluma, porque no quiero cansar más, Ricardo “corazón de león”, asiduo de la playa de Martiánez, que se adelantó al agro ecológico y sostenible con su huerta cuyos productos vendía fácilmente. Se consideraba un consagrado poeta y era autor de la poesía “al gofio” que, junto a otras, sirvieron para que los que le rodeaban contribuyeran a que perdiera un mucho su equilibrio mental; Juan Ríos, el “marqués de Ríos”. Todo un mito donjuanesco; Tomás García “el bacalao”, que de carretero pasó a camionero y luego a taxista, con pretensión de guía turístico y profesor de “su” español para extranjeros. Ejemplo de su enseñanza es la siguiente lección. Le decía a los turistas: “Ripita cormigo: mañana templanito golveremos a dir a Las Cañadas der Teide” o “Ria-Ria-le-jos. Así, Realejos”. En lo deportivo, el campeón de España de natación Fermín Rodríguez y Peytaví en salto de trampolín; Casimiro “el luchador” y en lo futbolístico el “Victoriero”, el Pichás, el Mona, el Burra, el Monada, el Espolín, los Chavales, Mencho y toda una legión interminable de buenos dominadores del balón.

Apartado muy especial merecen figurar personalidades como Pedro Montes de Oca García, cronista oficial de Canarias, escritor, historiador e investigador con numerosos trabajos publicados, y quien se encontró en una venta de San Juan de la Rambla varios documentos históricos del pasado que la ventera utilizaba para envolver sardinas saladas. Escribió aquellos satíricos versos denostadores de la Sociedad de Iriarte: “Pueblo de cuatro tendederos/- y dos parroquias aparte-/ veinticinco merenderos,/ tres funcionarios palmeros/ y un mal Círculo de Iriarte/ donde cuatro ranilleros/ discuten de ciencias y arte”. En los últimos años de su vida paseaba por la playa de Martiánez, calles y plazas, repartiendo atenciones y galantería a las féminas extranjeras. El maestro Bonnín a quien llegué a ver plasmar en sus acuarelas motivos como la hermosa buganvilla que colgaba del muro del patio de la casa Ventoso y numerosos portales de casas rústicas. El médico Celestino Cobiella, alto, de hablar rápido, caminar ligero y pañuelo pendiente del bolsillo superior de su chaqueta, o, más recientemente, Gerardo García, dicharachero y chistoso, uno de los últimos galenos que llegó al corazón del pueblo y que de tanta generosidad entregada al prójimo le pasó como a Ícaro; Manuel Miranda que murió en el hospital del Puerto a avanzada edad y que enseñó a pintar a varias generaciones portuenses que todavía siguen recordando con gratitud. Y una interminable relación de personajes dignos de esta modesta evocación que extralimitaría el tiempo previsto.

Sin embargo, cabe traer aquí una muestra de esas personas entregadas en cuerpo y alma al servicio de los más débiles, de las que nombraré sólo a tres: sor Pura Arencibia, nacida en Las Palmas, que llegó a esta ciudad en 1920 y dedicó 56 años de su vida al Hospital local, hasta su muerte acaecida en 1978. Auxiliar de quirófano, enfermera, cocinera y hasta mujer de la limpieza. Le recuerdo recorriendo los caminos de la red viaria y visitando casa por casa entregada a su misión humanitaria y apostólica. Se hizo querer de todos y, aunque enemiga de protagonismos, como humilde que era, fue Hija Adoptiva del Puerto, Medalla de Plata de la Cruz Roja y premio “Ranilla de Oro”, entre otras distinciones y homenajes. El siguiente, Medalla de Plata, es Chano “el de la Cruz Roja”, a quien el ayuntamiento del Puerto de la Cruz y el pueblo rindieron multitudinario homenaje por sus muchos méritos en pro de la benéfica institución. Y el tercero, Jesús Hernández Carillo, Jesús “el de los tambores y conectas”; placero, que viene realizando una intensa labor de forma desprendida en beneficio de los más jóvenes y la parroquia, por lo que fue distinguido por el CIT, así como por el Club de Leones con el premio “Ranilla”.

Recordemos igualmente a los que abandonaron este mundo recientemente como el incomprendido Chucho Dorta, aunque de La Orotava, portuense de adopción, que se refugió en Masca, pero que siempre volvía por las Fiestas Mayores. Último pastor guanche del valle de Taoro, folclorista empedernido, defensor a ultranza de las ancestrales costumbres y propulsor de la cultura popular, alma mater de la recuperación del tradicional baño de las cabras por San Juan. Y cómo no, Gilberto Hernández, el “oreja”, y Paco Jordán, con quien formara tándem por muchos años. Ambos tomaron ya el último vuelo hacia la eternidad y quién sabe si allá arriba seguirán organizando el Festival de Aeromodelismo.

Y concluyo con un personaje que la mayoría estará echando de menos: Federiquillo. El 16 de diciembre de 1958 murió en el Hospital Civil de Santa Cruz de Tenerife el sacerdote Federico Ríos Machado. Su cadáver recibió sepultura en el cementerio del Puerto de la Cruz. Había nacido en 1900, el mismo año que su ilustre paisano el clérigo escritor, poeta e historiador Sebastián Padrón Acosta. Estudió la carrera eclesiástica en el Seminario Conciliar de Tenerife y fue ordenado sacerdote en 1925. De sus 58 años de existencia terrenal, más de treinta vivió entregado a su ministerio, ejerciendo en distintas parroquias de la Diócesis, hasta su nombramiento de coadjutor en la parroquia de La Peña de Francia, razón por la cual se le aplicó el diminutivo, pasando a llamarse Federiquillo para distinguirlo de su homónimo Federico Afonso, como anteriormente hicieran los franciscanos con la Virgen de Peñita de La Ranilla y diferenciarla de la titular Virgen de la Peña del templo mayor. Federiquillo fue uno de los curas más populares y queridos de su ciudad. Supo conquistar los corazones de sus parroquianos y cultivar amistades en todo el valle con su proverbial jovialidad y campechanería. Su popularidad hizo que su figura resultara un personaje entrañable, rico en anécdotas, alegre y simpático al servicio de la comunidad católica. Entendía así la labor pastoral como parte integrante de su actividad en el seno de la Iglesia, donde era feliz celebrando la eucaristía, predicando y administrando los demás sacramentos. Daba gusto confesar con él: “yo conozco a tu familia y a ti también-decía-. Tú no has robado, matado, ni pecado”. La absolución se anteponía a la confesión. Fue un predicador vehemente sin que llegara a ser un notable orador sagrado. Sin embargo, era muy solicitado para las fiestas de barrios y pueblos del norte de la isla para ocupar la tribuna, ya que solía apelar al sentimentalismo y dramatismo con lo que arrancaba lagrimones a las pobres y sencillas mujeres. De mediana estatura. Rostro redondo. Frente alta y despejada. Ojos vivaces y llenos de luz; dicharachero; trato atrayente y afable, poseía un corazón magnánimo. Inquieto, de andar rápido y modales despreocupados, sotana recogida por un flanco, solía saludar con una divertida retahíla, al tiempo que propinaba un vigoroso “puñetazo” en la espalda y aplicaba los más estrambóticos nombres propios, como Gertrudis, Ambrosio, Atanasio, etc. Era coleccionista de zapatos, abanicos, quinqués y sotanas, se bañaba en San Telmo con el traje de baño púdico de la época: tirantes, peto y calzoncillos a la rodilla. Por la festividad de la Santa Cruz, adornaba el santo madero con arte y estilo propios en su domicilio de la calle de La Hoya.

Estando Federiquillo en la iglesia de Icod el Alto, y ante una pertinaz sequía, los agricultores y feligreses de aquella fértil zona se dirigieron a él para que sacara en procesión la Virgen del Buen Viaje en rogativa por la ansiada lluvia. Accedió a tal demanda y, en breves fechas, un 4 de mayo que llovió a cántaros, aquí en el Puerto también, cuando regresó a su casa, encontró anegada la vivienda con importantes daños materiales en el mobiliario y otras pertenencias. El hombre quedó impactado ante aquel desastre, y, con la sotana a la cintura gritaba una y otras vez: “Nunca más, nunca más, me pidan que saque a la Virgen en rogativa. El que quiera agua que la compre. ¡Y bien.

La marinería del Puerto es buen caldo de cultivo, pero haría no sólo interminable el tema de hoy, sino agotador. La figura más pintoresca, que no la más representativa del gremio de la marinería, era El Salitre, ese tipo delgado, a veces con gorra poco menos que de capitán, siempre pulcro, pero con sus botellas de cerveza a rastras, dando dos pasos a popa y uno a proa, como si el callejero fuera un barco al pairo. Pero indudablemente un señor de la mar, si nos atenemos a su estampa del más puro y rancio aspecto marinero.

Sirva esta evocación como sentido homenaje para aquellos que aparecen reflejados aquí en breves pinceladas y ya hoy, en su gran mayoría, desaparecidos del panorama terráqueo. Y para los otros, los que siguen entre nosotros, larga vida.

viernes, 6 de junio de 2008

LA MAGIA DE UNA CIUDAD

Artículo recibido de: Melecio Hernández Pérez

En la historia del Puerto de la Cruz, como en la de tantos otros pueblos, late un sentimiento mágico y mítico que se confunde en el crisol de los tiempos, que es también carácter e identidad que roza la fantasía y la leyenda más sugerentes.
Los griegos tuvieron conocimiento de Canarias por los fenicios, que en el mundo antiguo situaron a estas tierras más allá de las Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar), y frontera del mundo conocido, tras la cual se abría el mar tenebroso y por donde los bajeles no se aventuraban por creerlo infectado de dragones; pero aquellos que pasaron y anclaron, no dudaron en llamarla tierra del placer y de la alegría, mansión voluptuosa y de júbilo.
No es, pues, de extrañar, que con testimonios tan extraordinarios, la auténtica historia se mitificara, contribuyendo a ello poetas, escritores e historiadores que con sus fantásticas descripciones divulgaron universalmente su fama. Tampoco hay que olvidar que estando considerada como el paraíso terrenal, subyugara el pensamiento de científicos como Pierre Terrier, que acaba animando a románticos y soñadores, porque la ciencia no condena a los enamorados de las bellas leyendas por creer que las cimas emergidas son las del continente hundido y que con el Teide por bandera preside el archipiélago canario.
Desde la mansión de los dioses, el gran Olimpo auspició a los elegidos para prodigar sus mitos: Homero sitúa los Campos Elíseos adonde eran conducidas las almas de los héroes muertos; Horacio, la tierra donde sin necesidad de arado produce pan y todo género de frutos; Virgilio, que en su cielo puro y esplendoroso baña los campos con luz purpúrea; Luciano, que su temperatura es incomparable y donde reina una eterna primavera; Herodoto señala que allí termina el mundo, donde está el Jardín de las Hespérides que produce manzanas de oro celosamente guardadas por un dragón; Hesíodo, que el archipiélago Afortunado; Plutarco, que las benéficas lluvias mantienen un suelo fértil capaz de sostener a un pueblo ocioso, sin obviar a Platón y toda una célebre pléyade que durante siglos ha cautivado al mundo con sus referencias de fábula, leyenda y mitología.
Pero atrás quedan las viejas edades, época en que el naturalista romano Plinio en el siglo I de nuestra era se hace eco de la expedición del rey Juba II de Mauritania, a la que siguieron fenicios, persas, cartagineses, egipcios, griegos y romanos…y tantos otros viajes aventureros.
¿Es que no hubo en la antigüedad fascinantes causas para desarrollar tanta fantasía? ¿Pero también no fue Cratón quien aseguró que la historia de la Atlántida era verdadera? ¿Acaso las islas no son un claro vestigio a tanto elogio por los sortilegios de su naturaleza, la magia de sus mujeres y su folclore?
No podía el Puerto de la Cruz, enclavado en el reino de Taoro y en la costa atlántica, librarse de esos embrujos que desde la época neolítica de nuestros aborígenes con brisa cautivadora de canto de sirenas comenzó a tejer los primeros rasgos idiosincrásicos, pues de los sucesos pretéritos perdidos en la noche de los tiempos, aunque pudieran probar documentalmente, siempre suscitará la leyenda y la fábula.
Con perfil de viejos siglos alumbra la más antigua historia o leyenda suscitada en nuestro suelo y que tiene rango real: Benitomo, el Rey Grande, digno descendiente del Gran Tinerfe, tuvo dos habitaciones, una en la Ladera de Tamaide, que ocupaba en las tres épocas del año en que la naturaleza se ostenta con todas sus gracias, y la otra en la escarpada costa del mismo Valle conocida hoy con el nombre de Martiánez o “cueva de los siete palacios”, colgada sobre el mar, donde residía el mencey en la estación invernal.
Cuenta la tradición que Guajara, esposa de Tinguaro, hermano de Benitomo, cuando tuvo conocimiento de la muerte del aguerrido príncipe en la batalla de Agüere, a manos de Pedro Martín Buendía, lloró sin consuelo y, enloquecida de dolor, se refugió en la famosa cueva de Martiánez por ser remanso de paz. A pesar de ello, no recuperó la salud; por el contrario, creyendo que Tinguaro descansaba amorosamente en los brazos de Guacimara, huyó de la cueva. Invocando la protección de Achamán, lo buscó de gruta en gruta y de risco en risco hasta que después de vagar sin rumbo, desesperada, tomó la trágica decisión de precipitarse desde la cima de una montaña.
Hay autores que mantienen que el mencey Benitomo firmó la paz en los llanos que coronan las laderas de Martiánez y que por hoy llevan el nombre de La Paz al fundirse en un abrazo con el conquistador y que después “fue colocada la cruz en las peñas que forman la boca del Puerto”.
En línea contradictoria con esta tesis, hay que tener en cuenta que los menceyes se rindieron en El Realejo, el 3 de mayo de 1496, después de la derrota de los guanches en Acentejo a principios de febrero de dicho año. Por tanto, en el año de la rendición, Benitomo no pudo estar en los llanos de La Paz para capitular ni recibir el bautismo en la iglesia de Los Realejos donde se le atribuye el nombre de Cristóbal (fruto lírico del poeta Viana en su famoso poema épico). Ni mucho menos, como la tradición afirma, que marchara a la corte de los Reyes Católicos, ya que el testimonio de Margarita Guanarteme, hija de Fernando, rey de Gáldar, refiere que en la batalla de la La Laguna, de noviembre de 1945, donde los castellanos vencieron a los guanches, cayeron luchando por su pueblo el mencey Bencomo (Benitomo) y su hermano Tinguaro.
En cuanto a la toponimia de La Paz parece más coherente relacionarlo con la fundación en 1591 por los vecinos de La Orotava en dicho llano de “una ermita de Nuestra Señora de la Paz, por su devoción y salir, como salían, los caballeros a ejercitarse en sus caballos y aprender el uso de las armas y gineta, tan necesarias para la nobleza en la edad de la juventud”